No hago ruido al caminar,
mamá dice que es una virtud.
Cruzo las calles despacio,
como si el mundo durmiera
y yo tuviera miedo de despertarlo.
Ella también camina despacio.
La vi una tarde de lluvia,
con un libro contra el pecho
y el cabello cubriéndole la cara.
No me vio.
Eso está bien.
Desde entonces
aprendí sus horarios.
No porque quiera molestarla.
Solo me gusta saber
cuándo aparece el sol.
A veces la veo desde lejos.
A veces pasa cerca de mí
y ni siquiera levanta la mirada.
Me pregunto si recuerda mi cara.
Probablemente no.
Qué extraño.
Yo recuerdo la suya perfectamente.
Sé qué ventana enciende primero,
qué camino toma al regresar,
qué días parece cansada.
Pero nunca le hablo.
Nunca.
Eso sería demasiado.
Anoche cerró las cortinas.
Me quedé mirando la ventana vacía
mucho tiempo.
Entonces comprendí algo terrible:
tal vez ella ya sabe
que estoy aquí.
Y esta mañana,
cuando salí de casa,
encontré una nota debajo de mi puerta.
Solo decía:
\"Deja de seguirme.\"
La letra era suya.
La guardé.
No sé por qué.
Quizá porque, por primera vez,
ella también sabía mi nombre.