EL GOLPE DE NO VOLVER
Uno trata de llevarse bien con la gente.
De verdad que sí.
Uno saluda,
pregunta cómo amaneció,
comparte el café,
presta la pala,
pone la otra mejilla...
aunque ya la tenga
como nalga de mandril.
Uno dice:
—Tranquilo, compa,
no pasa nada.
Y sí pasa.
¡Claro que pasa!
Pasa que hay gente
que confunde educación
con pendejada.
Uno les tiende la mano
y se agarran del brazo.
Uno les abre la puerta
y entran hasta con el perro,
la suegra
y los problemas que dejaron
en la casa del carajo.
Y uno...
como buen animal de costumbre,
aguanta.
Porque uno fue criado
entre cafetales,
gallinas,
barro en las botas
y la vieja costumbre
de no mandarle a nadie
la mierda a la cara.
Pero todo tiene un límite.
Hasta el río
se cansa de cargar hojas muertas.
Y un día uno se pregunta:
¿Para qué carajos
quiero caerle bien
a alguien que disfruta
haciéndome la vida difícil?
Entonces cambia la cosa.
Ya no discuto.
No explico.
No escribo testamentos
para que un imbécil comprenda
lo que un ser humano decente
habría entendido
a la primera.
Simplemente me aparto.
Como quien cierra
la tranquera del potrero
y deja al ganado
bramando del otro lado.
Que sigan.
Que hablen.
Que se cuenten entre ellos
la novela donde yo soy el malo.
Me importa un carajo.
Se quedan esperando
a que uno se vaya
para darse cuenta
de que se quedaron solos.
¡Qué puta!
¿Será que solo así entienden?
Ese golpe
no deja moretones,
pero tampoco deja visitas.
Y cuando uno aprende
a caminar sin cargar
personas que pesan más
que un saco de cemento mojado...
qué maravilla...
hasta el camino parece distinto.
Así que no te deseo mal.
Tampoco te deseo bien.
Te deseo exactamente
lo que tanto buscabas:
que sigas siendo tú.
Pero lejos de mí.
Bien lejos.
Tan lejos,
que si algún día
nos cruzamos en la calle,
podrás saludarme.
Y yo,
con toda la educación
que todavía me queda,
te voy a devolver
el saludo.
Con una sonrisa.
Con la cabeza.
Y con los huevos
de seguir caminando.