Dicen que nadie puede vivir en la luna,
que allí no existe un lugar para dos,
pero yo nunca entendí de planetas
cuando se trataba de nosotros.
Porque llegaste sin avisar,
y terminaste convirtiendo mis noches
en conversaciones que no quería terminar,
en silencios que ya no se sentían vacíos,
en un lugar al que siempre quería volver.
Y quizá algún día alguien nos pregunte
dónde aprendimos a querernos así.
No sabré qué responder.
Solo miraré hacia arriba, sonreiré
y pensaré que, después de todo,
quizá nunca estuvimos en la Tierra.
Quizá siempre fuimos nosotros en la luna.