Tenía la soledad de un bit.
Un pasado peso pluma
y un presente sin literalidad.
A veces sus pasos lo sorprendían,
otras, su propia voz
lo asustaba.
Tenía la ligereza
de un pensamiento.
Fluctuaba en su desamparo,
una parte y su otra mitad.
Tenía tantas casas vacías
como tiene la soledad.
Rumiaba su indiferencia
sin más que rumiar.
Nervios de bronce
y neuronas sujetas
con tenedor.
Jamás perdía la calma:
nunca la llevaba.
Cuando la lógica flaqueaba,
creaba algoritmos con madrugadas.
Y huía de tanto en tanto,
si el suelo lo descubría.
Llevaba un retrato consigo
que prefería no ver:
solo el recuerdo de sí mismo.