Luis de leon

¿DÓNDE QUEDÓ NUESTRO AYER?

 

 

¿Dónde se fueron aquellos días

en que bastaba mirarnos

para entendernos sin palabras?

¿En qué rincón del tiempo

se quedaron nuestras risas,

aquellas que parecían capaces

de detener las horas

y hacer que el mundo desapareciera?

 

A veces cierro los ojos

y todavía puedo encontrarte

en los lugares donde fuimos felices,

en aquella esquina donde alguna vez

mi corazón aprendió tu nombre,

en esas tardes que parecían eternas,

cuando tenerte cerca

era la única certeza

que necesitaba para sentirme vivo.

 

Y me pregunto…

 

¿En qué momento dejamos de ser nosotros?

¿En qué instante se nos escapó el amor

entre las manos sin darnos cuenta?

¿Cómo pudo aquello que parecía eterno

convertirse en recuerdos

que hoy duelen cuando los pronuncio?

 

Porque yo todavía recuerdo tu sonrisa,

esa forma tuya de iluminar mis días

sin siquiera intentarlo.

Recuerdo tus ojos,

las veces que me miraste

como si yo fuera el hombre

que querías para toda la vida.

 

Y yo te miraba

creyendo que el mañana

siempre tendría tu nombre.

 

Qué equivocados estuvimos.

 

Pensábamos que el tiempo

nos pertenecía,

que habría mil mañanas

para decirnos cuánto nos amábamos,

mil noches para abrazarnos,

mil oportunidades para corregir

lo que algún día hicimos mal.

 

Pero el tiempo no espera.

 

El tiempo pasa.

 

Y mientras pasa,

se lleva cosas que jamás devuelve.

 

Se llevó aquellas conversaciones

que podían durar hasta el amanecer.

Se llevó los besos que nos dábamos

sin pensar que algún día

podrían convertirse en recuerdos.

Se llevó los abrazos

que alguna vez fueron refugio.

Se llevó nuestras promesas,

nuestros planes,

nuestros sueños compartidos.

 

Y ahora solamente quedan

pedazos de una historia

que alguna vez fue completa.

 

A veces quisiera regresar.

 

No para cambiarlo todo,

sino para volver a sentir

aunque fuera por un instante

aquello que sentía cuando estabas conmigo.

 

Volvería a aquella primera mirada,

a aquella primera sonrisa,

a aquel momento en que todavía

no sabíamos cuánto íbamos a querernos

ni cuánto iba a dolernos

algún día perderlo.

 

Volvería a cuando no existían reproches,

cuando todavía no conocíamos

el peso de las palabras,

cuando perdonarnos era sencillo

y abrazarnos bastaba

para que cualquier problema

pareciera pequeño.

 

Pero el pasado es una puerta

que solamente se abre hacia adentro.

 

Y por más que uno quiera,

no existe camino para regresar.

 

Por eso hoy camino

con los recuerdos a cuestas,

como quien lleva una fotografía

que ya está gastada por el tiempo,

pero que se niega a tirar

porque dentro de ella

todavía vive alguien

a quien amó con toda el alma.

 

Y ese alguien eres tú.

 

No sé si alguna vez

piensas en nosotros.

 

No sé si cuando escuchas una canción

alguna melodía te lleva

hasta aquellos días.

 

No sé si alguna noche,

cuando todo queda en silencio,

también te preguntas

qué habría pasado

si hubiéramos hecho las cosas diferentes.

 

Yo sí me lo pregunto.

 

Me pregunto qué habría sido

de nuestras manos

si nunca hubieran aprendido a soltarse.

 

Qué habría sido

de nuestros besos

si hubiéramos entendido

que algún día iban a faltar.

 

Qué habría sido

de nuestras noches

si hubiéramos sabido

que algunas serían las últimas.

 

Porque uno nunca sabe

cuándo está viviendo

un momento que jamás volverá.

 

Uno abraza

sin saber que quizá sea la última vez.

 

Uno besa

sin imaginar que ese beso

algún día será un recuerdo.

 

Uno dice “te quiero”

creyendo que tendrá toda una vida

para volver a decirlo.

 

Y después…

 

después llega el silencio.

 

Ese silencio que pesa

más que cualquier palabra.

 

Ese silencio donde uno comienza

a escuchar sus propios pensamientos

y descubre todas las cosas

que debió haber dicho.

 

Perdóname

por todas las veces

que no supe valorar tu presencia.

 

Perdóname por creer

que siempre estarías ahí.

 

Por pensar que el amor

se alimentaba solamente de sentimientos

y olvidar que también necesitaba

cuidado, paciencia, respeto

y pequeños detalles.

 

Perdóname por las veces

que pude abrazarte

y preferí quedarme callado.

 

Por las palabras que dije

cuando estaba enojado.

 

Por las oportunidades

que dejamos escapar.

 

Por no entender a tiempo

que amar a alguien

también significa aprender

a cuidar su corazón.

 

Hoy lo entiendo.

 

Tal vez demasiado tarde.

 

Y eso es lo que más duele.

 

Porque cuando todavía te tenía,

no sabía cuánto valías.

 

Y ahora que te extraño,

descubro el valor de cada instante

que alguna vez tuve contigo.

 

Qué injusto es el corazón…

 

Mientras alguien está a nuestro lado,

creemos que tendremos tiempo.

 

Cuando se marcha,

queremos comprarle al tiempo

aunque sea un minuto.

 

Pero el tiempo no se vende.

 

No se detiene.

 

No regresa.

 

Solamente sigue.

 

Y nosotros seguimos con él,

aunque una parte de nuestra alma

se haya quedado atrás.

 

A veces paso por lugares

que antes significaban felicidad

y ahora parecen vacíos.

 

La misma calle.

 

El mismo cielo.

 

La misma luna.

 

Pero ya no somos los mismos.

 

Porque los lugares no cambian tanto

como cambian las personas

que alguna vez los habitaron.

 

Y entonces comprendo

que quizá no extraño solamente tu presencia.

 

Extraño quiénes éramos.

 

Extraño aquella versión de nosotros

que todavía creía que el amor

podía contra cualquier tormenta.

 

Extraño nuestras pequeñas locuras,

las risas sin motivo,

las miradas cómplices,

los planes improvisados,

las noches hablando de cualquier cosa.

 

Extraño esa felicidad sencilla

que no sabíamos que era felicidad

porque la estábamos viviendo.

 

Y eso es lo triste…

 

Que muchas veces

no reconocemos la felicidad

hasta que se convierte en pasado.

 

Hoy daría cualquier cosa

por volver a escuchar tu risa

como la escuchaba antes.

 

Por volver a sentir

tu mano entre la mía.

 

Por mirarte nuevamente

sin que existiera distancia.

 

Por tener una última oportunidad

para decirte, frente a frente:

 

“Te amé.

 

Te amo.

 

Y quizá una parte de mí

siempre te amará.”

 

Pero también aprendí

que amar no significa poseer.

 

A veces amar

es aceptar que alguien

ya tomó otro camino.

 

Es desearle felicidad

aunque esa felicidad

ya no nos incluya.

 

Es agradecer por lo vivido

aunque haya terminado.

 

Es guardar los buenos recuerdos

sin convertirlos en cadenas.

 

Por eso, si algún día

la vida vuelve a cruzarnos,

no quiero que me recuerdes

solamente por nuestros errores.

 

Recuerda también

aquellas veces que fuimos felices.

 

Recuerda nuestras risas.

 

Nuestros abrazos.

 

Nuestros sueños.

 

Recuerda que alguna vez

hubo dos corazones

que se encontraron

sin saber que estaban

a punto de escribir

una de las historias

más importantes de sus vidas.

 

Y si alguna noche

te preguntas dónde quedó todo aquello,

no busques en el calendario.

 

No busques en las fotografías.

 

No busques en los lugares

donde alguna vez estuvimos.

 

Búscalo dentro de ti.

 

Porque lo que vivimos

quizá ya no exista en el presente,

pero nadie puede borrar

lo que alguna vez fue verdad.

 

Nuestro amor existió.

 

Nuestros días existieron.

 

Nuestros besos existieron.

 

Nuestras lágrimas también.

 

Y aunque hoy solamente queden recuerdos,

fueron recuerdos que alguna vez

nos hicieron sentir vivos.

 

Quizá ese sea el precio

de haber amado de verdad:

 

que cuando termina,

no solamente pierdes a una persona…

 

también pierdes una versión de tu vida.

 

Y yo todavía camino

preguntándole al viento

dónde se fueron aquellos días.

 

Le pregunto a la noche

dónde escondió tu sonrisa.

 

Le pregunto a la luna

si alguna vez mira hacia tu ventana.

 

Le pregunto al tiempo

por qué se llevó tan rápido

aquello que yo hubiera querido

conservar para siempre.

 

Pero nadie responde.

 

Solamente queda el silencio.

 

Y dentro de ese silencio

todavía escucho tu nombre.

 

Todavía recuerdo tu mirada.

 

Todavía siento aquel amor

que alguna vez parecía invencible.

 

Y entonces comprendo

que quizá no existe un lugar

donde estén guardados

todos aquellos momentos.

 

Quizá viven solamente

en nuestra memoria.

 

Esperando aparecer

cuando una canción,

un perfume,

una fotografía,

una calle

o una noche cualquiera

nos haga viajar nuevamente

hasta aquel pasado

que ya no puede regresar.

 

Y mientras tanto…

 

la vida sigue.

 

El mundo continúa.

 

Las personas cambian.

 

Los caminos se separan.

 

El tiempo avanza.

 

Pero hay amores

que aunque se terminen,

jamás desaparecen por completo.

 

Se quedan escondidos

en algún rincón del corazón,

donde nadie puede verlos

y donde tampoco pueden morir.

 

Ahí estás tú.

 

En ese rincón de mi memoria

donde todavía somos felices.

 

Donde todavía sonríes.

 

Donde todavía me miras

como antes.

 

Donde todavía nuestras manos

no conocen la palabra despedida.

 

Donde todavía existe

aquel nosotros

que la vida se llevó.

 

Y quizá esa sea mi única manera

de volver a encontrarte:

 

cerrar los ojos,

respirar profundamente

y regresar por unos segundos

al lugar donde fuimos felices.

 

Porque el pasado no vuelve…

 

pero los recuerdos sí.

 

Y cada vez que regresan,

aunque duelan,

me recuerdan algo:

 

que una vez te tuve,

 

que una vez me tuviste,

 

que una vez nos amamos,

 

y que durante un pequeño instante

de este enorme universo,

nuestros caminos coincidieron.

 

Tal vez no para siempre.

 

Tal vez no como lo soñamos.

 

Pero sí lo suficiente

para dejar una huella

que el tiempo jamás podrá borrar.

 

Y si algún día me preguntas

dónde quedó nuestro amor,

 

no te diré que murió.

 

Te diré que se quedó

en todas aquellas noches

en las que todavía te recuerdo.

 

En cada canción que me lleva a ti.

 

En cada lágrima que cae

sin que nadie la vea.

 

En cada sonrisa que aparece

cuando recuerdo que alguna vez

fuiste parte de mi vida.

 

Y si me preguntas

dónde quedó nuestro ayer…

 

te responderé:

 

Quedó dentro de mí.

 

Porque aunque los días se fueron,

aunque las horas no regresen,

aunque nuestras vidas

hayan tomado caminos diferentes…

 

hay recuerdos que no se van.

 

Hay personas que no se olvidan.

 

Y hay amores que,

aunque ya no puedan vivir en el presente,

aprenden a vivir para siempre

en la memoria del corazón.