¿Dónde se fueron aquellos días
en que bastaba mirarnos
para entendernos sin palabras?
¿En qué rincón del tiempo
se quedaron nuestras risas,
aquellas que parecían capaces
de detener las horas
y hacer que el mundo desapareciera?
A veces cierro los ojos
y todavía puedo encontrarte
en los lugares donde fuimos felices,
en aquella esquina donde alguna vez
mi corazón aprendió tu nombre,
en esas tardes que parecían eternas,
cuando tenerte cerca
era la única certeza
que necesitaba para sentirme vivo.
Y me pregunto…
¿En qué momento dejamos de ser nosotros?
¿En qué instante se nos escapó el amor
entre las manos sin darnos cuenta?
¿Cómo pudo aquello que parecía eterno
convertirse en recuerdos
que hoy duelen cuando los pronuncio?
Porque yo todavía recuerdo tu sonrisa,
esa forma tuya de iluminar mis días
sin siquiera intentarlo.
Recuerdo tus ojos,
las veces que me miraste
como si yo fuera el hombre
que querías para toda la vida.
Y yo te miraba
creyendo que el mañana
siempre tendría tu nombre.
Qué equivocados estuvimos.
Pensábamos que el tiempo
nos pertenecía,
que habría mil mañanas
para decirnos cuánto nos amábamos,
mil noches para abrazarnos,
mil oportunidades para corregir
lo que algún día hicimos mal.
Pero el tiempo no espera.
El tiempo pasa.
Y mientras pasa,
se lleva cosas que jamás devuelve.
Se llevó aquellas conversaciones
que podían durar hasta el amanecer.
Se llevó los besos que nos dábamos
sin pensar que algún día
podrían convertirse en recuerdos.
Se llevó los abrazos
que alguna vez fueron refugio.
Se llevó nuestras promesas,
nuestros planes,
nuestros sueños compartidos.
Y ahora solamente quedan
pedazos de una historia
que alguna vez fue completa.
A veces quisiera regresar.
No para cambiarlo todo,
sino para volver a sentir
aunque fuera por un instante
aquello que sentía cuando estabas conmigo.
Volvería a aquella primera mirada,
a aquella primera sonrisa,
a aquel momento en que todavía
no sabíamos cuánto íbamos a querernos
ni cuánto iba a dolernos
algún día perderlo.
Volvería a cuando no existían reproches,
cuando todavía no conocíamos
el peso de las palabras,
cuando perdonarnos era sencillo
y abrazarnos bastaba
para que cualquier problema
pareciera pequeño.
Pero el pasado es una puerta
que solamente se abre hacia adentro.
Y por más que uno quiera,
no existe camino para regresar.
Por eso hoy camino
con los recuerdos a cuestas,
como quien lleva una fotografía
que ya está gastada por el tiempo,
pero que se niega a tirar
porque dentro de ella
todavía vive alguien
a quien amó con toda el alma.
Y ese alguien eres tú.
No sé si alguna vez
piensas en nosotros.
No sé si cuando escuchas una canción
alguna melodía te lleva
hasta aquellos días.
No sé si alguna noche,
cuando todo queda en silencio,
también te preguntas
qué habría pasado
si hubiéramos hecho las cosas diferentes.
Yo sí me lo pregunto.
Me pregunto qué habría sido
de nuestras manos
si nunca hubieran aprendido a soltarse.
Qué habría sido
de nuestros besos
si hubiéramos entendido
que algún día iban a faltar.
Qué habría sido
de nuestras noches
si hubiéramos sabido
que algunas serían las últimas.
Porque uno nunca sabe
cuándo está viviendo
un momento que jamás volverá.
Uno abraza
sin saber que quizá sea la última vez.
Uno besa
sin imaginar que ese beso
algún día será un recuerdo.
Uno dice “te quiero”
creyendo que tendrá toda una vida
para volver a decirlo.
Y después…
después llega el silencio.
Ese silencio que pesa
más que cualquier palabra.
Ese silencio donde uno comienza
a escuchar sus propios pensamientos
y descubre todas las cosas
que debió haber dicho.
Perdóname
por todas las veces
que no supe valorar tu presencia.
Perdóname por creer
que siempre estarías ahí.
Por pensar que el amor
se alimentaba solamente de sentimientos
y olvidar que también necesitaba
cuidado, paciencia, respeto
y pequeños detalles.
Perdóname por las veces
que pude abrazarte
y preferí quedarme callado.
Por las palabras que dije
cuando estaba enojado.
Por las oportunidades
que dejamos escapar.
Por no entender a tiempo
que amar a alguien
también significa aprender
a cuidar su corazón.
Hoy lo entiendo.
Tal vez demasiado tarde.
Y eso es lo que más duele.
Porque cuando todavía te tenía,
no sabía cuánto valías.
Y ahora que te extraño,
descubro el valor de cada instante
que alguna vez tuve contigo.
Qué injusto es el corazón…
Mientras alguien está a nuestro lado,
creemos que tendremos tiempo.
Cuando se marcha,
queremos comprarle al tiempo
aunque sea un minuto.
Pero el tiempo no se vende.
No se detiene.
No regresa.
Solamente sigue.
Y nosotros seguimos con él,
aunque una parte de nuestra alma
se haya quedado atrás.
A veces paso por lugares
que antes significaban felicidad
y ahora parecen vacíos.
La misma calle.
El mismo cielo.
La misma luna.
Pero ya no somos los mismos.
Porque los lugares no cambian tanto
como cambian las personas
que alguna vez los habitaron.
Y entonces comprendo
que quizá no extraño solamente tu presencia.
Extraño quiénes éramos.
Extraño aquella versión de nosotros
que todavía creía que el amor
podía contra cualquier tormenta.
Extraño nuestras pequeñas locuras,
las risas sin motivo,
las miradas cómplices,
los planes improvisados,
las noches hablando de cualquier cosa.
Extraño esa felicidad sencilla
que no sabíamos que era felicidad
porque la estábamos viviendo.
Y eso es lo triste…
Que muchas veces
no reconocemos la felicidad
hasta que se convierte en pasado.
Hoy daría cualquier cosa
por volver a escuchar tu risa
como la escuchaba antes.
Por volver a sentir
tu mano entre la mía.
Por mirarte nuevamente
sin que existiera distancia.
Por tener una última oportunidad
para decirte, frente a frente:
“Te amé.
Te amo.
Y quizá una parte de mí
siempre te amará.”
Pero también aprendí
que amar no significa poseer.
A veces amar
es aceptar que alguien
ya tomó otro camino.
Es desearle felicidad
aunque esa felicidad
ya no nos incluya.
Es agradecer por lo vivido
aunque haya terminado.
Es guardar los buenos recuerdos
sin convertirlos en cadenas.
Por eso, si algún día
la vida vuelve a cruzarnos,
no quiero que me recuerdes
solamente por nuestros errores.
Recuerda también
aquellas veces que fuimos felices.
Recuerda nuestras risas.
Nuestros abrazos.
Nuestros sueños.
Recuerda que alguna vez
hubo dos corazones
que se encontraron
sin saber que estaban
a punto de escribir
una de las historias
más importantes de sus vidas.
Y si alguna noche
te preguntas dónde quedó todo aquello,
no busques en el calendario.
No busques en las fotografías.
No busques en los lugares
donde alguna vez estuvimos.
Búscalo dentro de ti.
Porque lo que vivimos
quizá ya no exista en el presente,
pero nadie puede borrar
lo que alguna vez fue verdad.
Nuestro amor existió.
Nuestros días existieron.
Nuestros besos existieron.
Nuestras lágrimas también.
Y aunque hoy solamente queden recuerdos,
fueron recuerdos que alguna vez
nos hicieron sentir vivos.
Quizá ese sea el precio
de haber amado de verdad:
que cuando termina,
no solamente pierdes a una persona…
también pierdes una versión de tu vida.
Y yo todavía camino
preguntándole al viento
dónde se fueron aquellos días.
Le pregunto a la noche
dónde escondió tu sonrisa.
Le pregunto a la luna
si alguna vez mira hacia tu ventana.
Le pregunto al tiempo
por qué se llevó tan rápido
aquello que yo hubiera querido
conservar para siempre.
Pero nadie responde.
Solamente queda el silencio.
Y dentro de ese silencio
todavía escucho tu nombre.
Todavía recuerdo tu mirada.
Todavía siento aquel amor
que alguna vez parecía invencible.
Y entonces comprendo
que quizá no existe un lugar
donde estén guardados
todos aquellos momentos.
Quizá viven solamente
en nuestra memoria.
Esperando aparecer
cuando una canción,
un perfume,
una fotografía,
una calle
o una noche cualquiera
nos haga viajar nuevamente
hasta aquel pasado
que ya no puede regresar.
Y mientras tanto…
la vida sigue.
El mundo continúa.
Las personas cambian.
Los caminos se separan.
El tiempo avanza.
Pero hay amores
que aunque se terminen,
jamás desaparecen por completo.
Se quedan escondidos
en algún rincón del corazón,
donde nadie puede verlos
y donde tampoco pueden morir.
Ahí estás tú.
En ese rincón de mi memoria
donde todavía somos felices.
Donde todavía sonríes.
Donde todavía me miras
como antes.
Donde todavía nuestras manos
no conocen la palabra despedida.
Donde todavía existe
aquel nosotros
que la vida se llevó.
Y quizá esa sea mi única manera
de volver a encontrarte:
cerrar los ojos,
respirar profundamente
y regresar por unos segundos
al lugar donde fuimos felices.
Porque el pasado no vuelve…
pero los recuerdos sí.
Y cada vez que regresan,
aunque duelan,
me recuerdan algo:
que una vez te tuve,
que una vez me tuviste,
que una vez nos amamos,
y que durante un pequeño instante
de este enorme universo,
nuestros caminos coincidieron.
Tal vez no para siempre.
Tal vez no como lo soñamos.
Pero sí lo suficiente
para dejar una huella
que el tiempo jamás podrá borrar.
Y si algún día me preguntas
dónde quedó nuestro amor,
no te diré que murió.
Te diré que se quedó
en todas aquellas noches
en las que todavía te recuerdo.
En cada canción que me lleva a ti.
En cada lágrima que cae
sin que nadie la vea.
En cada sonrisa que aparece
cuando recuerdo que alguna vez
fuiste parte de mi vida.
Y si me preguntas
dónde quedó nuestro ayer…
te responderé:
Quedó dentro de mí.
Porque aunque los días se fueron,
aunque las horas no regresen,
aunque nuestras vidas
hayan tomado caminos diferentes…
hay recuerdos que no se van.
Hay personas que no se olvidan.
Y hay amores que,
aunque ya no puedan vivir en el presente,
aprenden a vivir para siempre
en la memoria del corazón.