Un poema bien logrado
se escribe para el alma
o desde el alma,
sin importar
qué tanto pueda incomodar
a algunos.
Se busca la perfecta comunión
entre letras
y pensamientos.
Se necesita orientar
los sentimientos
hacia una apología
de lo incierto.
No es necedad
escribir para apreciar la palabra,
pues no todos
tocamos la misma nota,
ni la escuchamos
de igual manera.
El poema suele ser
un diálogo
con mi verdad,
con lo que siento
y pienso,
o con lo que creo
sentir y pensar.
Las letras fluyen
de mis dedos
en perfecta conexión
con mis pensamientos.
No es forzoso
ni una obligación;
es inspiración
que sale del corazón.
El pensamiento
no siempre se construye
con la razón,
y la razón
no siempre aparece
en el amor.
Son solo esquirlas
de emoción
que penetran la sensación
de estar
donde se cree
que se debe estar,
aun pudiéndonos equivocar.
Cada párrafo escrito
suele ser una realidad
de la irrealidad
que a mis sentimientos
suele acompañar.
No porque busque justificar
mi terquedad,
sino porque siento
que todo inconcluso está.
Retomar mis ideas
y mis pensamientos
busco
cuando el teclado
suelo digitar,
pero me asaltan
borbollones
de incertidumbre
e inseguridad,
los cuales,
al escribir,
quiero olvidar.
El poema bien logrado
busco escribir,
pero no puedo caer
en engaños
al percibir
que, por más que lo busque,
tal vez no pueda existir.
Porque un poema
solo estará bien logrado
para el lector indicado,
para aquel
a quien le robe un suspiro
las letras
que han digitado mis manos.