Aprendí a descifrar la geografía
únicamente al perder todos los mapas,
creyendo que al huir me distanciaba
de la prisión dulce de tu sombra.
Fui el navegante ciego que en el centro
de la tormenta más encarnizada
halló la única paz: esa certeza
de que el naufragio era volver a casa.
Mis manos, que conservan la memoria
de tus caderas como un reino antiguo,
saben que no hay distancia en el silencio
cuando el deseo piensa antes del tacto.
Levanté murallas de cautela
esperando el impacto de la herida,
sin notar que los muros defensivos
dibujaban tu rostro en la salida.
Mira la tinta hoy: ya no me pertenece.
Las palabras ignoran mi dominio,
cobran vida propia sobre el folio,
tienen hambre de ti, tienen retorno.
Descienden por el margen de este texto,
cruzan el cerco vítreo de tus ojos
y descubren, en su gracia de náufragos,
que su única libertad es ser tus presos.
Cuidábamos el miedo y la tristeza
como quien guarda un fuego entre las manos,
temiendo que el abrazo fuera un golpe
y la calma, una trampa del destino.
Hoy este verso exige su tributo:
no lo he escrito yo, te estaba buscando;
desdibuja el borde entre tu piel y la mía,
y nos regresa al punto de partida.
JTA.