Hoy la noche parece haberse retirado del mundo.
No estoy castigada.
No renuncio.
Elijo construir algo extremadamente difícil:
una concentración protegida,
una vida libre.
No ignoro que, en alguna parte, otros beben.
Hay una mesa y botellas.
Hay risas que nacen sin mí.
También sucede esta habitación.
Sobre la mesa están el libro,
la resina,
la música que Bach escribió
sin saber que una noche, siglos después,
una mujer tendría que elegir
entre el rumor del mundo
y cuatro cuerdas.
Siempre envidio a los otros.
He pensado que vivir es estar allí:
en el cuerpo de alguien,
en la noche que ignora la mañana siguiente,
en esa felicidad distraída
que no necesita justificarse,
mientras yo repito un compás.
Una vez.
Otra vez.
Otra vez.
¿Acaso toda vida exige una renuncia?
Si estoy en aquella mesa,
no estoy en esta habitación.
Si he elegido una vida,
me han amputado todas las demás.
Ésta es la secreta crueldad del todo.
No puedo ser la que se queda
no quiero ser la que sale.
Durante años confundí esa imposibilidad
con una pérdida.
Ahora empiezo a sospechar
que a esto se llama destino.
No sé cuántas vidas se suceden sin mí
mientras afino una octava,
ni cuánto pierdo
buscando un sonido
que quizá nunca encuentre.
Solo creo saber
que, cuando levanto el arco,
hay un instante anterior:
la vida que no viviré
y todas las vidas que,
por no haberlas elegido,
serán más nítidas que ésta.
Después empieza Bach.
No hay vueltas atrás.
Porque lo cierto es que también somos
todas aquellas vidas
a las que hemos renunciado.