La tarde está en su sazón,
plena de luz, palpitante,
la canícula ya traspuesta,
y hay, desde aquí, un silencio
—o quizá sea uno de esos
que solo percibe quien escribe— .
El oleaje del tráfico queda
a la distancia justa, tanto
que me siento en una casa
a pie de playa, de esas que ya
son historia, donde el mar
es un cuadro más del salón
y la odisea diaria de los pescadores
argumento de una película, un libro,
motas de polvo en un hogar limpio.
La tarde se va despidiendo lenta,
le queda concierto aún, y envejece
como quien se cuida y frisa
la cincuentena confiado
en ganarle el pulso a una vida
que siempre gana, como la banca.
La tarde... no existe, solo su luz,
tinta para lo que me fluye,
esto que escribo, y me veo disuelto
en el mismo placer de quien
se asoma a una baranda antigua,
a una vendimia en plena faena,
con un lagar allí, a la derecha,
una casa blanca con hastial ocre,
y al lado una bodega, monumental,
donde los caldos esperan su turno,
callados, jóvenes, inocentes....