Escucha el trueno que en la noche estalla,
el hondo son que el alma sobrecoge;
la cuerda vibra, el bronce ya recoge
la inmensa fuerza de una gran batalla.
Acalla el llanto que en pecho restalla
cuando la orquesta en su clamor acoge
el himno sacro que el dolor encoge,
rompiendo al fin la terrenal muralla.
Voz del destino, canto soberano,
que a la hermandad del hombre nos invita
con elocuente y celestial derroche.
Despierta ya la esencia del hermano,
buscando la verdad que no fue escrita,
borrando con su luz todo reproche.