Roberto Hernandez Alvarez

CUATRO POR CUATRO

Cierro la puerta.

Y por un momento
el mundo deja de mirarme.

Aquí no tengo que pensar
cómo camino,
cómo hablo,
cómo río,
cómo existo.

Aquí simplemente existo.

Cuatro paredes.
Cuatro por cuatro.
Dieciséis metros cuadrados
donde, curiosamente,
me siento más libre
que allá afuera.

Porque aquí nadie me pregunta
por qué soy así.

Nadie intenta corregirme.
Nadie acomoda mis piezas
para que encajen
en un molde que nunca fue mío.

Aquí puedo escuchar esa música,
ponerme esa ropa,
bailar ridículamente,
llorar sin esconder la cara,
hablar conmigo mismo,
crear,
soñar,
ser extraño.

Ser yo.

Y hay noches
en las que amo este cuarto.

Porque solo yo conozco
la persona que vive aquí dentro.

Su esencia.
Sus pensamientos.
La forma tan particular
que tiene de mirar el mundo.

Pero otras noches
miro la puerta…

y entiendo que también
le tengo miedo.

No a la puerta.

A lo que existe después de ella.

A las miradas.
A las risas.
A ese silencio incómodo
que aparece cuando alguien
se atreve a ser diferente.

Entonces regreso a mi cama
y continúo siendo libre
entre cuatro paredes.

Porque afuera aprendí
que existen maneras correctas
de vestir,
de amar,
de pensar,
de hablar,
de vivir.

Y cuando no cabes en ellas,
te hacen sentir
como un molde fallido.

Quizá por eso
me escondo aquí.

No porque odie al mundo.

Sino porque todavía
estoy aprendiendo
a no tenerle miedo
cuando me mira.

Pero últimamente
he pensado algo:

Tal vez nunca fui
un molde fallido.

Tal vez simplemente
pasé demasiado tiempo
intentando entrar
en uno que no tenía
mi forma.

Y quizá algún día
abra esa puerta.

No convertido
en alguien más fuerte.

No convertido
en alguien diferente.

Simplemente siendo
la misma persona
que siempre fui
cuando nadie estaba mirando.

Y entonces
estos cuatro por cuatro
dejarán de ser mi escondite.

Porque habré entendido
que nunca necesité
cuatro paredes
para tener permiso

de ser yo.