LO LLAMÓ ABURRIDO
La Meche
Había una vez una mujer
que estaba cansada de encontrar
al mismo hombre con distinta cara,
la misma historia,
el mismo final.
Decía:
¡Todos los hombres son iguales!
¡Ninguno sirve para nada!
¡Todos quieren lo mismo!
Y el destino,
que a veces tiene un extraño sentido del humor,
le puso uno diferente en el camino.
Llegó un hombre educado,
de palabra y de detalles,
trabajador y respetuoso,
sin juegos ni disfraces.
No llegó prometiendo el cielo,
ni vendiéndole una ilusión,
llegó con los pies en la tierra
y bastante claro el corazón.
La escuchaba cuando hablaba,
la cuidaba con atención,
no confundía amor con prisa,
ni deseo con obligación.
Fue paciente,
fue sincero,
fue leal hasta el final,
y cuando tuvo que elegirla,
la volvió a elegir una vez más.
Pero ella había aprendido
a desconfiar de la tranquilidad,
y aquello que tanto pedía
le empezó a parecer normal.
Y lo llamó aburrido,
porque nunca la hizo llorar,
porque no jugaba escondido,
porque no la hacía dudar.
Lo llamó aburrido,
porque sabía dónde estaba,
porque en vez de perseguirla
simplemente la cuidaba.
Ella quería un hombre distinto,
pero cuando lo encontró,
lo miró,
le dio la espalda
y por aburrido lo dejó.
No tenía doble discurso,
ni secretos bajo la piel,
no aparecía solamente
cuando quería estar con él.
No hablaba de conquistas,
ni presumía de colección,
para él una mujer valía
mucho más que una habitación.
Tenía sueños,
tenía planes,
una vida por construir,
y esperaba a su lado
a alguien con quien compartir.
Pero ella echaba de menos
ese fuego de la confusión,
el mensaje a medianoche,
la pelea,
la reconciliación.
Y aquello que antes pedía
con lágrimas y desesperación,
cuando por fin llegó a sus manos
le pareció poca emoción.
Y lo llamó aburrido,
porque nunca la hizo llorar,
porque no jugaba escondido,
porque no la hacía dudar.
Lo llamó aburrido,
porque sabía dónde estaba,
porque en vez de perseguirla
simplemente la cuidaba.
Ella quería un hombre distinto,
eso decía sin parar,
pero cuando tuvo uno enfrente
no lo supo valorar.
¡Ay, qué cosa más curiosa!
Tanto pedir y reclamar,
cuando llegó lo que quería...
¡lo mandó a volar!
Quería un hombre diferente,
pero no sabía qué hacer,
porque el hombre que la cuidaba
no la hacía padecer.
Tal vez no era aburrimiento...
tal vez era tranquilidad.
Y hay quien se acostumbra tanto
al ruido de la tormenta
que cuando llega la calma
no sabe qué hacer con ella.
Y lo llamó aburrido,
qué ironía de la vida,
tanto tiempo reclamando
y al tenerlo... se le olvida.
Lo llamó aburrido,
porque no sabía jugar,
pero él no había venido a jugar,
sino a amar.
Ella quería un hombre distinto,
eso decía sin parar,
pero cuando tuvo uno enfrente
no lo supo valorar.
Pasaron los años...
Señor...
envíame al hombre de mi vida.
¿Al hombre de tu vida?
Si ya te he enviado cinco...
¡Y a los cinco los descartaste!
¡Ay, mujer!
Tú no querías al hombre de tu vida...
¡Querías que viniera con problemas!
¡Con problemas!
¡Con problemas!
¡Con problemas!
Y después dicen
que uno no entiende a las mujeres...