Alberto Escobar

La carne

 

 

La carnicería debe de estar abierta,
todavía, me dijo alguien del bloque
de al lado que se quedan tarde 
porque saben que hay vecinos 
que llegan a las tantas. 
y para facilitarles la cena
precocinan platos, 
así que el que llegue cansado,
cero ganas de nada salvo sofá y tv,
no tenga que hacer otra cosa
que poner al micro el plato,
tal y como se lo lleva a casa, sin
quitarle ni ponerle nada, y solo
añadir una cerveza fría —si 
apetece—
cenar en condiciones,
una verdadera labor social. 
Bajo en un momento, me pongo 
cualquier cosa, no hace frío todavía,
el verano se agarra al paisaje 
como un amante que se va perdiendo, 
es septiembre, finales, y hasta los santos
no habrá necesidad de abrigo;
voy a bajar porque me estoy distrayendo
contándote lo que te cuento;
tengo hambre, acabo de escuchar 
al estómago quejarse, me pondré 
cómodo, me sentaré delante de una tv
que a ver qué me suelta, añadiré
una cerveza, espero que fría, 
comeré lento, poniendo toda el alma
en los dientes, en los labios, en la boca,
y que el excelente sabor de la carne
me abarrote por dentro como nunca,
ahora, que no produzco (paréntesis),
que algo tan de cada día me haga
caer en lo que guarda de extra
ordinario cual epifanía joyciana.