JUSTO ALDÚ

SIN PERMISO

Ya no negocio el pulso con los años,
ni le pregunto al miedo qué pretende;
he visto arder mis mapas cotidianos
y sé que hasta la brújula se pierde.

Aprendí a convivir con mis naufragios,
a no llamar fracaso a lo que muere;
hay cicatrices que parecen labios
cuando la piel recuerda lo que puede.

Ya no me urge vencer a los espejos,
ni corregir mi sombra cuando yerra;
dejé que el tiempo peinara reflejos
con ese peine gris que usa la tierra.

Camino sin pedirle al mundo cuentas,
con una paz antigua entre los huesos;
no me asustan puertas entreabiertas
ni el raro laberinto de los hechos.

He vuelto más despacio hacia mí mismo,
con menos equipaje y más preguntas;
y comprendí que también el abismo
se hace mas habitable cuando escuchas.

No tengo que explicarle mi silencio
a quien confunde calma con derrota;
un extraño fulgor en lo que pienso,
es una lámpara que no se agota.

Si alguna vez me pierdo, no me aflijo:
ya conozco la música y regreso;
el hombre que fui todavía es mi hijo,
pero el que soy no le debe su peso.

Y aquí me quedo, al margen del estruendo,
sin pedirle permiso a la mañana;
con mis años a cuestas, comprendiendo
que yo me pertenezco: y eso basta.

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