JordiCris ✍️
La fábula de Caperucita y el lobo (no es un cuento)
La fábula de Caperucita y el lobo (no es un cuento).
Érase una vez un bosque
que conocía bien el miedo.
Por sus senderos caminaba
un lobo vestido de hombre
o viceversa.
Tenía palabras amables
y manos emulando refugio,
con una voz suave que decía:
— ¡No tengas miedo, yo te protegeré!
Caperucita apretó el rictus
tanto como la cesta contra el pecho
y siguió caminando deprisa.
¡Pero el lobo le cerró el paso!
Primero fue una pregunta:
«¿Dónde has estado?»
Después, otra:
«¿Con quién hablabas?»
Después, una puerta cerrada
en el bosque y un golpe a la nada.
Luego, el silencio.
Y aquel bosque de cuento
empezó a parecerse demasiado
al mundo real.
El lobo ya no enseñaba los dientes.
Sonreía maliciosamente
Y sus ojos estaban inyectados de sangre:
Diciendo que era amor
cuando era miedo.
Argumentaba que era cuidado
cuando era control.
Decía «eres mía»
como si alguien pudiera pertenecer a alguien.
Después, las amenazas excusadas:
el “si me quieres, me obedeces”,
el “nadie te creerá”,
el “sin mí no eres nada”
o “a dónde vas a ir sin mí”
para llegar a las excusas:
del “no volverá a pasar”
“te amo más que a mi vida”
o “mira lo que me obligas a hacerte”
Y entonces— dijo ¡Basta!
Cambiando el ritmo y curso del cuento.
Dejó de andar rápido. Se paró.
Con las palabras clavadas en la espalda,
con todos los «cállate», los «perdóname»,
los «nadie te va a creer».
Y gritó hasta encontrar otras voces.
Una mujer. Después otra.
Después cien y después millares.
Y el bosque habló sabiamente:
- Habló de las puertas golpeadas,
- de las noches sin sueño,
- de los nombres borrados,
- de todos los golpes dados
- de todas la vejaciones y humillaciones y
- de las mujeres que aprendieron
a sobrevivir en silencio.
Pero esta vez, aunque el silencio no ganó.
Caperucita empezó a tejer la victoria
levantando la mirada. Clavándosela a él:
—No soy tuya.
—Nunca lo fui.
—No eres mi amor.
—Ni yo soy tu esclava…
Y aquellas frases
fueron sentencias con una cerilla
que prendieron todo el bosque.
El lobo retrocedió.
Porque el miedo cambia de dueño
cuando deja de estar solo
y hay fuegos impredecibles e inextinguibles.
Desde entonces,
cuando alguien cuenta la historia,
Caperucita ya nadie espera
a que llegue un cazador salvador.
Caperucita camina. Habla. Se defiende.
Y junto a ella, van sus hermanas de guerra.
El bosque sigue siendo oscuro,
pero ya no está en silencio y no le temen.
Y, el lobo, por primera vez,
tiene miedo de que lo nombren
y de ser señalado.
Y colorín, colorado, este “NO CUENTO”
aún no ha acabado,
pues siguen escribiendo su final
millares de mujeres y su hartazgo
a la opresión masculina
de un patriarcado demasiado
largo y equivocado.
CRISPÍN
Mi poesía
Poema Nº118
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