Una mano llamó a otra,
la otra llamó a tres,
y en medio de la alegría
se juntaron después.
Una risa trajo un sueño,
un sueño trajo una flor,
y alguien puso en la ronda
la llave de su corazón.
Ven, que aquí cabes entero,
con tus juegos y tu voz.
Ven, que nadie queda fuera
cuando bailamos los dos.
Uno llegó con preguntas,
otro con ganas de dar;
uno traía una estrella,
otro, un abrazo que entregar.
Y la ronda fue creciendo
sin preguntar quién era quién:
cada corazón distinto
aprendió a latir también.
No había primero ni último,
ni pequeño ni mayor;
solo un círculo de manos
dibujando un mismo amor.
Desde entonces, cuando un niño
se queda solo en un rincón,
la ronda deja un espacio
para invitar a su corazón.
Porque el mundo se hace grande
cuando aprendemos a unir,
y un corazón que acompaña
hace más hermoso el vivir.
Así gira nuestra ronda,
sin principio ni final:
si mi corazón te abraza,
tu corazón me hace igual.
Rosa María Reeder
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