EL CATÁLOGO
No todo lo que escribimos
puede ser una obra maestra.
También tenemos poemas
que llegaron tarde,
otros que nunca llegaron,
y algunos
que uno quisiera devolverle
al remitente.
Hay páginas
que fueron celebradas,
y otras
que hoy leemos
con esa discreta vergüenza
con la que uno encuentra
una fotografía vieja
y piensa:
«¿Yo me vestía así?»
Pero ahí están.
Guardados
en la bodega del tiempo,
junto a las metáforas
que hoy
escribiríamos de otra manera.
No siempre fueron extraordinarios.
Y qué bueno.
Porque un poemario
no debería parecer
el currículum de un poeta.
Debería parecerse
a su vida.
Hasta los grandes
han dejado poemas
que no llegaron a convertirse
en clásicos.
Y también dejaron otros
que cambiaron para siempre
la manera de decir
una cosa sencilla.
Quizá esa sea
la verdadera historia
de nuestro catálogo:
no escribir siempre
el mejor poema,
sino seguir escribiendo
hasta encontrar
uno que nos sorprenda
incluso a nosotros.
Por eso no voy a esconder
mis poemas viejos
debajo de la cama.
Bueno...
algunos sí.
Pero no los voy a negar.
Porque antes de escribir
lo que hoy puedo escribir,
tuve que ser
el poeta que fui.
Y cada poema,
incluso el que hoy quisiera
sacar discretamente
del catálogo,
también puso
una palabra
en el camino.
Al final,
un poemario no es
una colección de perfecciones.
Es el inventario
de una búsqueda.
Y quizá,
entre tantos versos,
alguno termine diciendo
exactamente aquello
que nosotros
todavía no sabíamos
cómo decir.