Tener el valor
de mirar fijamente el sol,
así, de frente.
Dejar que arda,
que queme,
que ciegue.
Entonces los ojos vencidos
se entregan a la oscuridad
para volver frente a este mundo
que quiere ser visto
en las flores que despiertan,
con los besos del sol,
en el brillo del agua
y el color
del canto del niño