Nunca se sabe,
suceden cuentos, reales a veces,
muchas veces, otras en que lo real
es más ficticio que la ficción,
a veces te viene mal, piensas,
a bote pronto; se te dibuja, creo,
una mueca en el labio, en forma
de interrogación, y piensas por qué,
qué mecánicas se han concitado,
y quizá rompes a llorar, o te lamentas,
sin llegar a la lágrima, y sientes que
tu cuerpo se va haciendo plastilina
alrededor suyo, lo va envolviendo
como una ameba voraz, defensora
de su territorio, y te vas dando cuenta
de que el león no es tan fiero
como lo pintabas, y te alegras
de que esté sucediendo, sonríes.
y piensas que qué bonita es la vida,
que quién te iba a decir a ti que esto
te iba a pasar...
Nunca se sabe, y este nunca no saber
es lo que me empuja a continuar adelante,
sin saber, por favor, no quiero saber,
sí me gusta entender, o parecer que entiendo
para entenderme, adivinar los hilos...
Tengo ganas de escribir más, se me hace
corto, insuficiente, lo que he escrito,
a ver cómo relleno esta idea sin que quede
demás, que sea una observación conveniente,
que sin ella no podría cerrarse este escrito —
adelanto que sí— quizá ya ensayo poético, fiasco,
qué se yo, qué importa, no me va la vida
en ello —que lo que es sea—.