Cruzo tus horas
ardiendo en este vidrio
sé que detrás estás tú,
respirando.
La ausencia también me desespera,
me muerde los minutos,
me deja suspendida
en un mar que no sé navegar
pero igual atravieso
porque al fondo —sé—
que tratas de alcanzarme.
Tu voz llega
como una corriente fina,
y en mi pecho se abre
una imagen que no controlo:
un latido que sabes quién eres
aunque estés lejos.
Somos dos bordes
que se llaman sin descanso,
dos distancias que arden
por encontrarse.
Y sí:
también me duele tu ausencia,
también me mata un poco,
pero en ese dolor
late la promesa
de que un día
podremos alcanzarnos...
Epilogo
Y cuando el tiempo se canse de separarnos,
el mar devolverá su calma.
Las manos que no pudieron tocarse
serán una sola corriente,
y el cristal —esa frontera transparente—
se disolverá en la claridad.
Entonces sabremos
que la ausencia también fue amor,
que el dolor fue camino,
y que todo lo que incineraba
era promesa de encuentro.
L.T.
septiembre 22, 2026