Antonio Portillo Spínola

De perfil

 

La tengo en la boca desde hace horas,
quieta,
como un hueso pequeño que se niega a bajar.

En el ascensor ensayo la primera sílaba,
pero la luz del segundo piso abre las puertas.
En la mesa, junto al pan,
dejo migas que casi forman dos palabras:
tú no las lees,
yo termino por barrerlas.

Escribo hasta la mitad de la frase
y dejo el teléfono boca abajo contra la madera.

Te digo «cuídate»,
te digo «hasta mañana»,
te digo «qué frío hace afuera»
y cierro la ventana.
Y todo eso es la misma frase
con el rostro vuelto hacia la pared.

Está en la manera de acercarte el café,
en la mano que se demora un segundo
en retirarse de tu abrigo,
en el hueco exacto
que dejamos entre los dos al caminar.

Hoy tampoco.
Hoy la guardo en el bolsillo junto a las llaves,
y me voy a dormir
con la boca llena de una casa
que no me atrevo a habitar.

Antonio Portillo Spínola ©