La muerte es, tal vez, la gran incomprendida,
nadie sabe cuándo llega ni cuándo se irá.
Hay quienes juran que tendrán eterna la vida,
y otros no piensan que mañana no estarán.
El sano presume: «No me duele, nada tengo»,
el enfermo cuenta las horas para partir,
pero olvidamos de qué mundo provengo
y que a otra casa espiritual vamos a ir.
De polvo somos y al polvo regresaremos,
nadie se escapa, hay un principio y un fin.
Y aunque en esta realidad ciegos nos perdemos,
todos cruzaremos ese mismo confín.
La muerte no es mala, tampoco es condena,
es solo un ángel que Dios manda a buscar,
para aliviar nuestra carga y la pena,
y así de los sufrimientos poder descansar.
Se abren puertas a otras realidades,
pues no somos solo este cuerpo mortal.
Somos seres múltiples, inmensidades,
somos mucho más que la forma visual.
Cuesta aceptar que un día no estaremos,
duele el desapego, dejar la familia atrás,
soltar la costumbre y lo que poseemos,
olvidando lo que importa de verdad.
Entre tantas doctrinas y humanas creencias,
¿cuál es el destino, cuál es el camino?
Vivimos atados a las apariencias,
pensando que esto es el único destino.
Pero la maleta es muy pesada y no cruzará,
no son los objetos lo que más importa.
Todo lo físico en la tierra se quedará,
toda riqueza en el umbral se corta.
Siempre pensé que yo era la más débil,
que pronto de este plano me iba a marchar;
que tanta dolencia en mi cuerpo tan frágil
me estaba alistando para al fin volar.
Hace muchos años los médicos dijeron
que mi vida era corta, que poco duraba,
mas en este mundo loco no comprendieron
que el Creador es el único que me aguardaba.
Solo Él conoce el camino y los actos,
solo Él sabe cuándo nos llega el final,
cuando al fin hemos cumplido los pactos
y la misión en este plano terrenal.
La vida es frágil, la vida es la vida,
y quien solo adore lo superficial,
sabrá al momento de la despedida:
sin nada vinimos, sin nada nos vamos al final.