Elizabeth Maldonado Manzanero

Dijiste que ya no te irías

Habitamos un país abierto

hacia todo aquello que no sabe

que no sé que existe

sin nosotros… y tú

dijiste que ya no te irías,

pero te marchaste de nuevo.

 

Tomaste el horizonte

y así esperé el paso de los días,

hasta olvidar casi por completo

que existían para el amor

otros remedios.

                 

Persistimos en la herida punzante,

sin buscar la cicatriz.

 

Vacíos del conocimiento de nosotros mismos,

nos rompemos la cabeza,

nos golpeamos sin compasión

y nos negamos a despertar del sueño.

 

Preferimos la fiebre

a la intemperie de la lucidez;

la costumbre del abismo

a la incertidumbre del primer paso.

 

Así aprendimos a vivir:

confundiendo el eco con la voz,

la ruina con el hogar,

y la memoria con el destino.