Alberto Escobar

Una foto

 

 

 

Unas fotos,
mi madre y yo
—quiero decir, yo y mi madre—,
en el sofá, por la tarde, 
la cena ya planteada reposa
sobre la balda de arriba,
el pan con chocolate negro
check, sobre su regazo una caja
llena de fotos de cuando llegamos
a Sevilla, Plaza de América, tres
de la tarde, tres años, mis hermanos
todos mayores alrededor, palomas
en enjambre picoteando el cuenco
de mis manos, un cosquilleo inédito,
sostenerlas sin que se vayan al cielo
una proeza emocionante, miré 
a sus ojos fijamente, sin pupilas,
de un negro azabache que después
supe los mismos del Platero 
de Juan Ramón —el nombre 
que mi padre puso al coche familiar, 
todo me venía
así , a borbotones—.
Mi madre disfrutaba ese momento
absorta en un viaje de vuelta y yo
al hallar un espacio biográfico nuevo. 
Una fotografía, ignorada o escondida
en algún pliegue de la memoria;
me miré las mismas manos, quise ver 
un pequeño vestigio de ese episodio 
en el pliegue de una de las falanges, cicatriz
que después supe causada por alguna trastada;
con mi madre, ya de tarde, ya la cena planteada,
descansando fría en la balda de arriba, sentado,
muy cerca, oliendo la pimienta que aún se agarraba
a su enagua, y riéndonos, por última vez.