Semilla y Primavera
Había un día guardado en el tictac de la tierra,
un día sin grandes anuncios ni despedidas,
en el que solté el borde de la orilla conocida
y me atreví a caminar a solas con mi sombra.
Avanzar sin certeza es un arte del aliento,
cerrar los ojos y confiar en la corriente.
No saber lo que viene, pero sentir en el pecho
una fe ciega y tibia que me impulsa y me sostiene.
Hay un taller secreto que se habita en soledad,
donde me miro de frente, sin adornos ni culpa.
Aprendo a trazar límites como quien alza un muro sano,
a nombrar mis no negociables, a limpiar la mirada,
a descubrir qué me abraza y qué me ahoga las manos.
Ese abismo suave de conocerse a una misma
exige el silencio de estar a solas conmigo.
No hay atajos para entender de qué estoy hecha,
hay que transitar el desierto para encontrar el río.
Y entonces, sin aviso, despiertas un mañana
y notas que el cambio ya no es un deseo lejano:
se ha vuelto carne, respira en cada poro de tu piel,
trae consigo la fresca brisa de la primavera.
Sé que el viaje es largo y los procesos son lentos,
que aún queda un universo entero por revelar,
pero no hay prisa en el brote que aprende a florecer:
tengo la mitad de la vida por delante para vivirlo.