Leoness

Jardines de palacio

Luz en hielo derretido

desliza su tibia masa

sobre almas de contorno difuso,

mientras la piedra gargantea

el derrame constante de los minutos.

 

Murmullo de agua,

apenas un rocío,

que humedece, sin ahogar,

la superficie agrietada de la memoria.

 

Negra exuberancia alada

corta el aire del vergel,

los mirlos, en su vigilia ciega,

dibujan laberintos a saltos y correrías.

 

Rastrean la vida minúscula entre la tierra,

con ojos de azabache y orla de oro

que miden la distancia

entre el instinto y la calma.

 

Es el jardín, un pensamiento esculpido,

mitad del deseo, congelada

en la geometría estática de la flor,

diseño vegetal que detiene el tiempo.

 

Mientras el palacio 

permanece inmóvil, sempiterno, 

lígrimo y frío, en el eco de lo intacto,

se rompe el tiempo con el frío impacto. 

 

Y en esa mitad inmóvil de la belleza,

la humanidad entera se asoma,

respira el reposo con sorpresa

y pronuncia, al fin, su paz abierta.