José Luis Barrientos León

El infinito error de los límites

 

¡Cuán vano es el acento que separa esta arcilla de aquella!

Mira el campo, el rubio grano que tu mano siega

necesita del mismo sol que el grano mío.

La llama que te abriga en la penumbra, guarda el calor idéntico al rescoldo

que enciende mi rincón.

No hay dos hogueras, cómo no hay dos dolores cuando el hambre,

huérfana y ciega, asalta las cabañas, mudando de señor en su lamento.

 

¿Me crees lejano solo porque un sendero trajo mis pasos hasta tu ventana?

¿Porque nací bajo otra estrella humilde y contemplé riberas cuyos nombres

tu lengua ignora?

Al suspirar el viento, los mares se confunden en el eco.

Y cuando el leño del navío cruje, en cualquier playa del doliente mundo,

pesa el adiós, la tela que se agita, el llanto en la pupila que se empaña,

y el tierno nombre que los viejos amigos, susurran desde el polvo del olvido.

 

La que sueña en la alcoba el retorno, eleva el mismo ruego al firmamento;

es una misma la oración que implora, vencer la ausencia y el espacio inmenso.

No pronuncies la voz que me separa, del común desamparo de la tierra.

Portamos en el pecho el viejo grito, el cansancio antiquísimo y severo,

que arrastra el hombre desde el alba abierta, cuando el suelo era libre como el aire.

 

Antes que el falso orgullo de los hombres, aquellos que dividen con el hierro,

los que comercian con la vana dicha, y siembran el engaño en la memoria,

forjasen el concepto de la línea, ya éramos hermanos en la queja.

Ellos crearon el vocablo infame, para callar la culpa de la estirpe.

 

No nombres, te lo ruego, esa palabra; es un soplo de invierno entre los labios,

huele a desierto, a tierra abandonada, a soledad de sepulcros olvidados.

Mira, en cambio, la aurora que declina, tu tierno infante y el retoño mío

corren unidos, sin saber de leyes, hacia el confín donde el sendero muere.