Ermitaño Soñador

UN EDEN DE SINGULAR ENCANTO (Dedicado a San Pedro de Vilcabamba)

Cuando nuestro gran Creador,
en su pensamiento ideaba la Tierra,
creó el cielo, el agua, la costa y la sierra,
matizándolos de azul, de esperanza y verdor.

Lo primero que pensó el Divino Arquitecto
fue darle belleza a este hermoso planeta,
y para que su gran obra quedara completa,
la adornó con la magia de un paraíso perfecto.

Se propuso entonces, con afán amoroso,
crear un Edén de singular encanto,
y al contemplar su obra le gustó tanto,
pues ante sus ojos resultó sublime y hermoso.

Entonces consultó allá en el cielo,
con ángeles y querubines de su confianza,
quién pudiera custodiar, con amor y esperanza,
aquel rincón nacido de su divino anhelo.

¿Quién podría guardar, con celo y devoción,
su río, sus montañas, sus valles y flores,
y atesorar para siempre sus mágicos colores,
dejando en cada sendero una eterna bendición?

—¡Que sea Pedro! —fue la unánime expresión
de ángeles, querubines y seres celestiales.
—¡Pues así será! —respondió el Señor,
y en el cielo resonó la alegre aprobación.

Desde la Puerta del Cielo, sereno y sosegado,
vigila con gran celo el discípulo amado,
un río que serpentea con aguas cristalinas,
mientras la vida florece entre valles y colinas.

Y en medio de la inmensa y fértil campiña,
donde la naturaleza se viste de esplendor,
una pequeña flor se engalana con amor,
entre campos, valles, cerros y montañas que la cobijan.

San Pedro de Vilcabamba, así tu nombre se escribe,
bendecido por la mano del Creador,
tierra donde la vida encuentra su esplendor
y donde el sueño de la eterna juventud aún vive.

En tus aguas, tus montañas y tu naturaleza,
Dios dejó, quizás, un secreto escondido:
ese misterio que el tiempo no ha vencido
y que ha despertado en la ciencia su curiosidad.

Eres tierra de encanto, de historia y poesía,
rincón donde el alma encuentra su morada;
un Edén de singular encanto, lleno de belleza,
por la mano de Dios para siempre dibujada.

San Pedro de Vilcabamba, jardín de mi memoria,
puerta del cielo, valle de eterna esperanza;
en cada amanecer renace tu historia
y en cada paisaje florece la esperanza.

Por eso, cuando contemplo tu belleza,
siento que Dios, al crear la Tierra,
guardó para sí un rincón entre la sierra
y allí plantó su más hermosa naturaleza.