Elthan

Vicios; el lugar donde termina el “no puedo”

Vicios; el lugar donde termina el “no puedo”

 

Primero la gestación fue seducción:

una copa, un humo,

una pantalla, una boca,

el pequeño rayo a las tinieblas

que prometía abolir la zozobra.

 

Después llegó la ponzoña,

disfrazada de alivio.

 

Le abriste tus venas.

Le obsequiaste una habitación,

después las llaves,

finalmente, tu nombre.

 

Nadie advierte

cuando la añagaza

deja de parecer ajena

y comienza a hablar

con nuestra propia voz.

“No puedo”.

Se dice sin cesar

hasta que la frase adquiere rutina en la sangre.

La acrasia abre sus fauces

mientras la abulia contempla desde el umbral.

 

Uno se entrega.

No siempre por placer.

A veces por miedo

al instante posterior,

cuando el opioide,

la gula, la lascivia

o cualquier otra cicuta

ya no están allí para cubrir con su humo la intemperie.

 

Entonces aparece la anhedonia:

el mundo pierde sus frutos,

la mañana su oficio,

el deseo su forma.

 

Llamando enfermedad

a aquello que también

hemos convertido en práctica diaria.

 

Qué palabra tan cómoda: “dependencia”.

Puede explicar la primera cadena.

Pero no hace comprensible todas las siguientes,

porque llegan un día y nunca se van.

La adicción se ha ceñido la corona,

el engranaje del querer se ha vuelto piedra:

ya no manda la fe, gobierna el ansia.

 

Desde aquel amanecer,

el marasmo ya no necesita barrotes.

Basta el hábito.

Basta la avaricia de conservar

aquello que nos destruye.

Resulta conveniente la soberbia

de creer que nuestro sufrimiento

nos absuelve de responder por nuestros actos.

 

Hay quienes esperan

un faro.

Una señal.

Un salvador.

Un paredro

que les sostenga la mano,

mientras ellos contemplan

cómo se hunde la crisálida

que alguna vez llamaron

voluntad.

 

Pero ningún faro camina por el náufrago.

Ninguna ataraxia

nace de arrodillarse ante la propia derrota.

 

Entonces se comprende,

algo peor que el vicio:

que la perdición puede comenzar

mucho después de haber sido capturados.

Comienza cuando aprendemos a amar

la explicación que nos permite permanecer cautivos.

 

Es posible que “no puedo”

haya sido verdad la primera noche.

La segunda, una herida.

La décima, una costumbre.

Después, una coartada.

Al final...

una elección pronunciada por nuestra boca

que todavía insiste

en llamarla imposibilidad.

 

No siempre te vence el deseo, a veces lo hace

la negociación que firmas contigo:

una última vez, mañana,

cuando esté mejor,

cuando tenga las fuerzas,

cuando la vida deje de doler…

así pasan los años.

 

Pero también habría que preguntar

¿cuántas veces dijiste?

“No quiero sufrir”

cuando en realidad querías decir:

“No quiero renunciar a aquello que me destruye”.

Porque el vicio no siempre te roba la vida.

A veces hace algo peor:

te convence de entregársela,

como una forma de vivir.

 

Ahí terminan las dependencias…

y comienza tu deshonra.

 

xElthan.