Luis Barreda Morán

Donde La Memoria Te Espera

Donde la memoria te espera

Si alguna vez regresas,
no preguntes por mí a las ventanas,
ni busques mis pasos
en las calles que aprendieron tu nombre.

Quizá todavía exista aquel árbol
donde la tarde dejaba caer su sombra
sobre nuestras palabras,
y quizá el viento conserve
alguna sílaba de entonces.

Yo no sé qué hace el tiempo
con las cosas que amamos.
A veces parece un río
que se lleva los rostros,
las promesas,
la tibieza de una mano entre las manos.

Pero hay recuerdos
que no saben obedecer al tiempo.

Anoche, por ejemplo,
la lluvia golpeó lentamente el techo
y pensé que era tu manera de llamar,
aquella manera tuya,
casi silenciosa,
de llegar hasta mí sin hacer ruido.

Entonces abrí la puerta.

No había nadie.

Solamente la noche
con sus hombros mojados,
un perro cruzando la calle,
y una estrella perdida
sobre los tejados.

Qué extraño es amar después de la ausencia.

Uno continúa viviendo,
compra pan,
enciende la luz,
conversa con los amigos,
mira cómo envejecen las fotografías;
pero en algún lugar secreto
queda una habitación encendida
donde todavía somos jóvenes.

Allí no han pasado los años.

Allí tu cabello todavía cae sobre mi pecho,
todavía duermes mientras yo permanezco despierto,
escuchando el pequeño milagro
de tu respiración.

Y aunque la vida haya cambiado de nombre,
aunque nuestras manos hayan aprendido
otros caminos,
aunque la distancia haya construido
sus ciudades entre nosotros,

yo sé que existe un lugar
al que nadie puede entrar
para destruir lo vivido.

Es la memoria.

Allí estás.

No como eras entonces,
sino como te ha ido haciendo mi nostalgia:
más distante,
más luminosa,
más imposible.

Por eso, si algún día regresas,
no prometas quedarte.

Siéntate un momento junto a mí.

Miremos juntos la tarde.

Deja que el silencio nos diga
lo que nosotros ya no sabemos decir.

Porque quizá el amor no consiste
en recuperar lo perdido,
sino en descubrir, después de tantos años,
que aquello que creíamos terminado
todavía respira lentamente
en el corazón.

Y si después vuelves a marcharte,
llévate lo que quieras:

mis antiguas palabras,
las tardes que compartimos,
el olor de aquel verano,
la mitad de mis sueños.

Pero déjame la certeza
de que alguna vez fuimos dos personas
que encontraron, por un instante,
el mismo lugar en el mundo.

Con eso bastará.

Y cuando llegue la noche,
cuando las últimas luces
se apaguen sobre la ciudad,
quizá vuelva a abrir la ventana.

No para esperarte.

Sino para que entre el viento.

Y porque algunas ausencias,
cuando han sido verdaderas,
terminan pareciéndose al amor:

no regresan,
pero nunca se van completamente.

—Luis Barreda/LAB
Montrose, California, EUA
Noviembre, 2015.
Género: poesía lírica 
Forma: verso libre.