Ermitaño Soñador

MI TIERRA LINDA

Al despertar del alba, el cántico del chilalo
le indica al agricultor que es hora de continuar;
le da la bienvenida un espléndido cielo azulado,
mientras por el Cerro Grande aparece
el radiante sol del nuevo día.

Atraviesa el pueblo, serpenteando,
las cristalinas aguas del Uchima,
que guardan el secreto de la vida
y la esperanza de prolongar
muchos años más nuestra existencia.

El Laguarango y Cararango te contemplan
como eternos y silenciosos guardianes.

En el campo, los coloridos frutos
engalanan tus huertas
con el aroma inconfundible
de tus frutales y del café.

El olor de la miel de caña,
proveniente de las tradicionales moliendas,
endulza el ambiente
y despierta recuerdos de otros tiempos.

Estos atractivos únicos
llaman la atención de los foráneos,
que se detienen a admirar
la belleza de tus valles,
de tus campos, de tus cerros
la puereza de tu río.

Las exóticas flores,
el trino melodioso del tordo,
el cantar de la puga
entre los frondosos faiques,
el revolotear de las multicolores mariposas
y el susurro del viento
en la copa de los árboles,
hacen de tu paisaje
un rincón lleno de vida y encanto.

El trabajo laborioso de tus hombres
de toscas y callosas manos,
junto al arado, con la lampa
o jornaleando en la molienda,
demuestra la fortaleza de tu gente,
que sin cansancio trabaja
día tras día.

Y cuando llega la tarde,
retornan a casa,
con el cuerpo empapado de sudor,
pero con la satisfacción
de haber cumplido con su jornada.

El bregar silencioso de tus mujeres
en las tareas del hogar,
su esfuerzo, su entrega y su ternura,
son también parte de tu grandeza.

Tus longevos son dueños
de una legendaria memoria,
de historias y enseñanzas
que han de inmortalizarse
en las páginas de tu historia.

El vigor y talento de tus jóvenes,
el donaire de tus hermosas mujeres,
que han cautivado corazones,
son también parte de tu encanto
y de tu identidad.

Ellas son la musa y la inspiración
de hermosos poemas y canciones,
versos que nacen del sentimiento
y que llevan tu nombre
más allá de tus fronteras.

Esto y mucho más
le dan belleza a mi tierra;
cada rincón, cada paisaje,
cada recuerdo y cada historia
viven profundamente en mi corazón.

Hoy, con el amor de un hijo ausente,
garabateo estos sencillos versos,
nacidos de la nostalgia y del recuerdo,
escritos con amor y sentimiento,
como un saludo sincero y reverente
a la tierra que siempre llevo conmigo.

Porque aunque me encuentre lejos,
mi pensamiento vuelve a tus caminos,
a tus campos, a tus cerros, a tu río,
a tus gentes y a tus recuerdos.

Y desde la distancia te digo:

¡Tierra querida, tierra de encanto,
recibe estos versos de un hijo ausente,
que te saluda con amor reverente
y te lleva por siempre dentro del corazón!