BALGAL
El Engaño.
Él corona su propia frente con laureles de viento
y declama ante las paredes de un teatro vacío,
convencido de que el silencio del mundo
es solo una ovación demasiado profunda.
A sus pies se arrodilla una corte de ceniza.
Son los seguidores de humo que él mismo ha engendrado:
aplausos que suenan a hojas secas,
rostros difusos que asienten desde la penumbra de su mente,
un público leal hecho de orgullo y de nostalgia
que nunca le contradice, que nunca le abandona,
porque no tiene voz propia para salvarse.
Él les lee sus versos sobre batallas invisibles,
les exige devoción y sacrificios de tinta,
mientras la realidad pasa de largo afuera de la ventana.
Es el rey absoluto de una secta de fantasmas.
Y el drama no es que lo engañen,
sino que necesite cerrar los ojos cada noche
para creerse el Dios de un ejército
que se disipa por completo con la primera ráfaga de aire.