Ya el ocaso despierta la noche
Y duermes a distancias vencidas.
Mitología y pacto de sangre, la que felices
juramos, entre brisas y latidos.
Amor nacido sin quererlo, repentino,
que atormenta nuestros sentidos.
Espejo imaginario en la que tu silueta,
se dibuja vívida,
ante tu piano y el diáfano Mediterráneo,
cuna en la que has nacido.
Tus dedos, mareas de dioses,
me regalan las más bellas melodías.
(Y yo sólo escribo sin escribir tu nombre,
entre bemoles y sostenidos)
Eterno vínculo sagrado y loco
el que hemos construido.
Noches, albas y ocasos
mojen de versos de fuego
y en candentes carbones,
la pluma de quien escribe,
y que en vocablos de estíos
se dibujen sedas de piano
y compases en suaves susurros.
Pasiones y sudores que no han sido,
suban el dúctil y añejo peldaño
y canten al amor que ha nacido.
Melodía, atravesada por tiempos
que se sumergen en un Dios
que creía perdido.
Luces brillantes estallen, en ardientes
y épicas sinfonías,
entre llamas de ocres y ocasos,
entre cuerpos y almas sellados,
por un amor que inaugura una vida.
Ráfaga ardorosa y a la vez cálida…
Rosados musgos de amor embebidos…
Terciopelos ungidos de pétalos en celo…
Cántaros de dulces y soñados gemidos…
Estrellas que no duermen, sólo esperan
el amanecer de una noche que no muere,
la que espera el suspiro del alba
para que se encienda la voz amada
en inimaginable delirio.
Ya se acaba la finitud del día
y este poema naufraga en barcas
mareadas, en desvarío…
Frenesí que no piensa,
¡tu alma en mí alma,
tu cuerpo en el mío!
(Patricia)
Derechos Reservados