Mañana, cuando te recuerde,
voy a sentir esa tristeza de los lutos anticipados.
Voy a extrañarte como si ya te hubieras muerto.
Y rescataré, seguro,
aquella tarde en que el tiempo nos firmó una tregua;
aquella luz indecisa que no sabía si iluminar o proteger tu rostro.
Ese buen viento,
y buenos presagios,
donde todo lo que le sobraba a este mundo se quedó afuera,
lejos de nuestra mesa.
Voy a buscarte, aun sabiendo de antemano mi fracaso.
No vas a estar en el fantasma de la ventana,
ni en el subrayado de unos versos de un viejo poema.
Pero me negaré a olvidar tu nombre.
No sería justo desahuciar de la memoria esta imagen tuya que ahora duerme,
en algún lugar cálido de mi nostalgia.
Solo espero que vos hagás lo mismo. Ojalá.
Ya que la vida anduvo tan escasa de piedad,
tan falta de decencia, que apenas nos dejó ser un brote.
Un brote ingenuo que, con su primer aguacero,
soñó con praderas e inviernos de sobra,
sin saber que éramos solo eso:
una hoja verde en la grieta de una acera,
un pequeño milagro que,
por descuido, se cayó del bolsillo de Dios.