A veces, tras el cristal,
veo un extraño espejismo
que se parece a mí mismo,
pero dejo de mirar
por si acaso reconoce
que fui uno de los doce
de aquella última cena
donde firmó mi condena
un beso dado al azar.
Y, llevado por las dudas,
confundo al tipo de enfrente
con la imagen de un tal Judas
al que culpé de inocente.
A veces, en esta acera,
suele haber una persona
y, al pasar, dice: perdona,
¿no te conozco de algo?,
me resultas familiar.
Por la tangente me salgo
e intento disimular,
pero me tiende la mano
el ser antidiluviano
a quien pude conocer
en un pasado lejano,
aunque pudo ser ayer
cuando vi a este fulano.
A veces, cuando me meto
en la cama muy cansado,
al mirar al otro lado
me encuentro con un sujeto
que lleva mi misma cara.
Y me pone en un aprieto,
como si me recordara
que ya compartió conmigo
los sueños y duermevelas,
de forma que no consigo
tener libre mi parcela
en el lado del colchón
exento de la presión
de notar a un centinela.
En contadas ocasiones
noto alguna interferencia,
como si fueran visiones
con idéntica apariencia
al que veo en el espejo;
luego, se para en la esquina
y noto que me examina.
Cruzo la calle y me alejo,
ella se queda muy quieta
y yo la observo de lejos,
pero la extraña silueta
sabe que yo no la dejo
de mirar por el rabillo,
y la huida es un fracaso
porque a mi espalda lo pillo
pisando por donde paso.
Después de un largo viaje
le di largas al cansino
que ejercía su espionaje
controlando mi destino.
Y di un giro a la veleta
para que el viento no sepa
con qué valija camino
cuando porto mi maleta.
A veces oigo las voces
de alguien que me sonríe
y me digo: no te fíes...
ni tú mismo te conoces.