Tan fina y majestuosa,
hermosa como rara.
Ella llegó para ser una huésped,
se volvió reina en esta casa.
Y yo la agasajé con cucarachas negras,
hormigas, polillas y arañas,
en su habitación de cristal,
o en la grande e inmensa sala.
Escalándome,
fui su gran montaña.
Colgaba cómoda,
frente a la gran ventana.
Nunca le pude dar un jardín.
Más onírica que los soñadores.
Más vigilia que los despiertos.
La superioridad puede existir en lo pequeño,
ella lo demostró mientras depredaba.
Mi error fue no darle un jardín...
Y cuando su ciclo llegaba a su fin,
ella aún se resistía,
tres días de agonía,
hasta que su cuerpo cedió.
Yo le di su sepulcro sagrado.
En mi memoria siempre tendrá un santuario.
Ella me enseño la verdadera fuerza.
© Elías Iguini, 2026.