El alba tiene la consistencia de una herida abierta.
Una ceniza antigua desciende sobre las manos,
mientras el olvido, ese animal ciego, empolva las esquinas
donde el día se niega a nacer.
Hay semillas que cayeron en la noche del agua,
náufragas de un mar negro que no conoce la costa,
palabras no dichas que se hunden para siempre
en la garganta de una muñeca rota.
Un aleteo de mariposas asfixia la primera luz.
Son las guardianas de un jardín de flores y ceniza,
Prisioneras, con labios de piedra
que muerden el aire buscando su propio aroma.
La miel es una sustancia de tentación en la boca,
un dulzor espeso que clausura la voz,
mientras el cuerpo, suspendido en el borde del vacío,
escucha el silencio de su propia entrega.