Sí, amo demasiado,
esta afirmación pese a obvia, para los que me conocen, es extremadamente complicada.
El saber que siempre me entregaré en cuerpo y alma;
el saber que no habrá día en el que no piense en él.
Y sin duda, el temor profundo de perderlo, temor que me respira en la nuca cada que siento que obro mal.
Pero este amor no va solo de lo romántico, también sufro de la profunda admiración,
admiración de la vida misma.
Observar al mundo con los ojos de un recién nacido, con un profundo sentimiento que me llena el corazón.
¿Qué haré el día que muera? El día que no lograré seguir disfrutando del atardecer,
o que no lograré volver al mar en donde vuelvo a sentirme infante,
o cuando no vuelva a tener una conversación placentera, la cuál me tendrá sonriendo todo el día.
¿Qué pasará entonces? Empezaré a despedirme sabiendo que no querré decir adiós.