Ese día que se pintó de gris, tomé las hojas vírgenes del primer cuaderno que hallé. Escribí relatos que suponía, al releerlos, me llevarían a revivir cada una de las aventuras que junto a él fuimos creando, queriendo de algún modo que no se escape ninguna.
Empecé la primera...
En el cerro concurrido,
a tu espalda me subiste,
corrías como niño,
a pesar de mi carga.
Nuestras risas ganaban
a miradas envidiosas,
que tanto amor provocaba.
Luego pasaba a otra hoja...
Siempre llegabas a casa
con la caja misteriosa
que ansiosos esperábamos.
Un día cargado de chocolates,
otro de los más dulces caramelos,
pudiste hacer de lo más simple
siempre una gran sorpresa.
No completaba nada, pero seguía...
Ese tu tono de “leja luja”,
simulando a tu pequeña,
que para entonces
pronunciaba muy bien
tu enseñanza de “vieja bruja”,
para referirte tanto a mí
como a mi madre.
Segui asi escribiendo, pasando las hojas, algunas terminando, otras las terminaría después, pero al llegar a esta:
En los viajes con mates,
donde mil historias contabas,
las horas desaparecían
mientras los kilómetros crecían
y cuando menos lo esperaba
me hacías cosquillas
en las rodillas.
Al escribir “rodillas” un cosquilleo recorrió mi cuerpo y el miedo se apoderó de mi.
Llorando pensé: ¿y si al leer en unos años no logro recordar alguno?
Si no lo escribo, no lo sabré.
Pero escrito... ¡cuánto dolor al no recordar todo lo bello a su lado!
Cerré el cuaderno...
Hoy se cumplen 10 años desde que partió de mi lado, los mismos 10 del cuaderno guardado.
Pero en mi mente está la impresión del amor a primera vista, nuestro primer beso y miles de momentos juntos: la vista en un cerro desde su espalda, o su llegada con la caja mágica. Aún toco mis rodillas tratando de simular sus cosquillas y cierro los ojos para imaginar su voz diciendo la “leja luja”.
Quizás haya algo en ese cuaderno que prefiero no abrir, no por miedo a recordar sino por miedo a olvidar.