No existe un hombre idéntico a mí
que haya tomado la calle contraria.
En cuanto doblo una esquina,
desaparece
con todo lo que habría visto.
No puedo llamarlo después,
comparar nuestras manos,
preguntarle cuál de los dos
escogió el camino verdadero.
Cada decisión ocurre una sola vez
y borra la prueba de su significado
contrario.
Un laboratorio desecharía mis notas:
el instrumento soy yo
y cambia durante la medición.
El pulso altera las cifras,
el deseo inclina la balanza,
la memoria corrige los datos
cuando dejo de mirarlos.
Lo que ayer parecía exacto
hoy no cabe en la misma respuesta.
Tacho, rectifico,
vuelvo a formular la pregunta.
No considero que el ensayo haya fallado.
Cada error desplaza unos centímetros
el lugar desde donde observo.
Esta mañana, en el mercado,
señalé una fruta cuyo nombre ignoraba.
El vendedor la abrió con un cuchillo breve
y me ofreció una parte.
La pulpa era fría,
ácida al principio,
dulce cerca de las semillas.
—¿Te gusta? —preguntó.
Antes de responder
tuve que darle otro bocado.
Antonio Portillo Spínola ©