WCELOGAN 🔛

EL RETRATO

EL RETRATO 

 

 

 

Durante años

todos dijeron lo mismo:

 

—Qué bien te conservas.

 

Y yo sonreía.

 

Porque uno aprende a sonreír

cuando le dicen algo

que quiere creer.

 

La fotografía seguía sobre la pared.

 

Yo,

con la misma camisa,

la misma mirada,

la misma cara...

 

y esa juventud

que los años parecían respetar.

 

Pero había algo extraño.

 

Cada vez que volvía a mirarla,

aparecía una cosa nueva.

 

Una silla vacía.

 

Una mujer esperando

una respuesta que nunca llegó.

 

Un teléfono sobre la mesa

con una llamada

que jamás devolví.

 

La espalda de un amigo

alejándose después de una discusión

que pude haber evitado...

 

si mi orgullo

hubiera tenido

cinco minutos de vergüenza.

 

Al principio pensé:

 

«Estoy imaginando cosas».

 

Pero no.

 

Después aparecieron

las palabras que dije

solo para ganar una discusión.

 

Las palabras que sabía que dolían

y que pronuncié

precisamente por eso.

 

También apareció

aquel hombre

al que prometí ayudar

y dejé esperando

porque tenía algo más importante que hacer.

 

Nunca recordé qué.

 

El retrato sí.

 

Yo seguía joven.

 

El retrato, en cambio,

se llenaba de pequeñas derrotas.

 

Y no tenía monstruos.

 

Eso habría sido más fácil.

 

Tenía escenas.

 

Escenas demasiado normales.

 

Una puerta cerrándose.

 

Una mano que no alcancé.

 

Una disculpa

tragada por orgullo.

 

Una verdad escondida

para no perder comodidad.

 

Una persona que me quiso...

 

y que terminó aprendiendo

a vivir sin mí.

 

Entonces comprendí:

 

el retrato estaba aprendiendo

quién había sido yo

cuando nadie estaba mirando.

 

Una noche

lo descolgué de la pared.

 

Lo puse frente a mí.

 

Y por primera vez

no miré mi rostro.

 

Miré al hombre

que había detrás.

 

Nos quedamos frente a frente.

 

Yo no sabía qué decir.

 

Él tampoco.

 

Quizá porque los dos sabíamos

que cualquier explicación

llegaba demasiado tarde.

 

Tomé el retrato entre mis manos.

 

Pensé en romperlo.

 

Pero me detuve.

 

¿Para qué?

 

Podía hacer pedazos la pintura,

pero no las escenas.

 

Podía quemar el marco,

pero no las personas.

 

Podía borrar mi rostro de aquel lienzo...

 

pero no aquello que había hecho

cuando todavía creía

que nadie llevaba la cuenta.

 

Volví a colgarlo.

 

Desde entonces

ya no temo que envejezca.

 

Temo algo peor.

 

Mucho peor.

 

Que algún día...

 

termine de pintarme.

 

Inspirado en El retrato de Dorian Gray,

de Oscar Wilde.