EL RETRATO
Durante años
todos dijeron lo mismo:
—Qué bien te conservas.
Y yo sonreía.
Porque uno aprende a sonreír
cuando le dicen algo
que quiere creer.
La fotografía seguía sobre la pared.
Yo,
con la misma camisa,
la misma mirada,
la misma cara...
y esa juventud
que los años parecían respetar.
Pero había algo extraño.
Cada vez que volvía a mirarla,
aparecía una cosa nueva.
Una silla vacía.
Una mujer esperando
una respuesta que nunca llegó.
Un teléfono sobre la mesa
con una llamada
que jamás devolví.
La espalda de un amigo
alejándose después de una discusión
que pude haber evitado...
si mi orgullo
hubiera tenido
cinco minutos de vergüenza.
Al principio pensé:
«Estoy imaginando cosas».
Pero no.
Después aparecieron
las palabras que dije
solo para ganar una discusión.
Las palabras que sabía que dolían
y que pronuncié
precisamente por eso.
También apareció
aquel hombre
al que prometí ayudar
y dejé esperando
porque tenía algo más importante que hacer.
Nunca recordé qué.
El retrato sí.
Yo seguía joven.
El retrato, en cambio,
se llenaba de pequeñas derrotas.
Y no tenía monstruos.
Eso habría sido más fácil.
Tenía escenas.
Escenas demasiado normales.
Una puerta cerrándose.
Una mano que no alcancé.
Una disculpa
tragada por orgullo.
Una verdad escondida
para no perder comodidad.
Una persona que me quiso...
y que terminó aprendiendo
a vivir sin mí.
Entonces comprendí:
el retrato estaba aprendiendo
quién había sido yo
cuando nadie estaba mirando.
Una noche
lo descolgué de la pared.
Lo puse frente a mí.
Y por primera vez
no miré mi rostro.
Miré al hombre
que había detrás.
Nos quedamos frente a frente.
Yo no sabía qué decir.
Él tampoco.
Quizá porque los dos sabíamos
que cualquier explicación
llegaba demasiado tarde.
Tomé el retrato entre mis manos.
Pensé en romperlo.
Pero me detuve.
¿Para qué?
Podía hacer pedazos la pintura,
pero no las escenas.
Podía quemar el marco,
pero no las personas.
Podía borrar mi rostro de aquel lienzo...
pero no aquello que había hecho
cuando todavía creía
que nadie llevaba la cuenta.
Volví a colgarlo.
Desde entonces
ya no temo que envejezca.
Temo algo peor.
Mucho peor.
Que algún día...
termine de pintarme.
Inspirado en El retrato de Dorian Gray,
de Oscar Wilde.