Los fantasmas eran felices, atravesaban las paredes sin hacer grietas, pero la casa no estaba embrujada, solo hacían parte de ella, conocían todos sus rincones, les encantaba su olor de siempre, en especial cuando asaban arepas en la parrilla de carbón, al agua de rosas de las tías y la lejía. Ellos tenían voces que llamaban desde los cuartos vacíos, voces que rezaban el rosario por las tardes, que murmuraban algún chisme del barrio…o que nos hablaban al oído cuando no podíamos dormir y todo era miedo y risas cuando éramos chicos.
Los fantasmas paseaban por la casa, todos lo sabíamos, lo echamos de ver desde que el retrato de los abuelos amanecía movido, ladeado o vuelto al revés y sin preguntar, el que entraba a la sala lo volvía a su sitio… paseaban entre las materas de orquídeas haciéndolas florecer, envidia de las vecinas que solo cultivaban \"lenguaesuegra\" y las demás plantas se les llenaban de espartillo… se desplazaban por el corredor de la casa haciendo crujir el piso de tablas sin ninguna presencia y hacían correr a la lora que revoloteaba gritando groserías…
Los fantasmas se repartían los recuerdos de la casa, los buenos y los tristes cuando las tías se sentaban en las Sillas isabelinas a tomar café y a recordar los novios del ayer, con los que jugaban beso-robado, estatua o hablar y no contestar. Todas se rían a carcajadas y los fantasmas se reían con ellas, eran tan cómicas a veces…algunos abrían la ventana de la sala sin permiso de la abuela si llegaba la serenata para la más bonita y otros pasaban los pañuelos bordados a las feas cuando lloraban en la almohada.
El abuelo decía que ellos siempre estuvieron en la vieja casa y que cada vez se juntaban más; por eso la abuela repetía que eran almas en pena, santiguándose tres veces con devoción.
El día cuando las camas en los cuartos empezaron a saltar y las lámparas se cayeron haciendo un pavoroso estruendo, los fantasmas se abrazaron, algunos ya muy viejos, resignados, se quedaron quietos, los otros, expectantes, le hicieron el quite a la pared que aplastó a la lora…
Después la maquinaria entro con su tornillo de acero, primero por la sala, destrozando el retrato de los abuelos, el corredor ya partido y la cocina, todo se fue quebrando como cascara de huevo…
Los fantasmas huyeron con todos los recuerdos, alguno se quedó en la demolición, pues una Silla isabelina empolvada y sin un rasguño fue sacada entre los escombros.
……….
Zza
Prosa de mi autoría
20/09/2026
Seis semanas después del terremoto