No es un trueno, ni un grito que reclama espacio.
Es más bien el musgo que crece en el silencio de las piedras,
esa forma tan tuya de apoyar la cabeza
en el hueco exacto donde mi hombro se rinde.
Mi ternura no tiene garras,
es un agua mansa que sabe rodear tus esquinas más filosas
hasta dejarlas pulidas, brillantes, suaves al tacto.
Es el gesto pequeño:
acomodar un mechón de pelo,
dejar la luz encendida,
o simplemente reconocer que el mundo afuera es ruido,
mientras aquí, entre nosotros,
la amabilidad es el único lenguaje que necesitamos traducir.
© 2026 Oney ✒️