Vengo a abrirte mi grieta, derrotado en la niebla,
a buscar en tu savia lo que en mí no se enmienda:
donde el liquen abraza la piedra que se quiebra
y una hebra de agua rescata las tinieblas.
Amo tu piel de musgo cuando baja la tarde;
apoyo aquí la frente, sofoco mi pisada,
y aprendo del silencio la espera demorada
del latido primero del helecho salvaje.
Bebo el agua sombría. Dejo entrar el espino.
No distingo mi sangre del cauce de la arcilla;
se me enredan los dedos al pie de la gramínea
y el labio de mi carne se reblandece en limo.
Cae la noche serrana. Me reciben tus raíces,
que se van anudando sobre la hendidura.
El pulso de tu savia endurece la juntura:
donde estuvo mi grieta ya late tu corteza.
Antonio Portillo Spínola ©