La palabra nos gobierna
con ingratitud,
al servicio de los ricos.
Que callen al hambriento,
dar paso al hablador.
El discurso fue brillante,
digno del orador.
Y corrieron los aplausos
de los nobles idólatras,
que buscan sus favores,
amigos del dinero.
Dientes brillantes,
sonrisa de nobleza.
Terno oscuro,
señal de riqueza.
Y al final, la verdad:
El Loro es locuaz orador.
Jaime Correa