Pasan las horas aguantando
un peso antiguo,
una carga que crece cada amanecer.
Pasa el tiempo apretando la garganta,
haciendo más fuerte el nudo que ata,
que aprieta, que diluye el aire en bocanadas.
Se adelanta el reloj
y gira alrededor de la habitación.
En cada esquina
un instante se difuma
y vuelve a inclinarse la balanza.