Se enamoró de lo imposible,
de un amor ya poseído,
de un hombre fiel a su esposa
y al vástago que ha nacido.
Le ofreció todo su pecho,
ternura y oscuro olvido,
pero él solo dio amistad
y ella fingió haberla oído.
Dijo que sí con la boca
mientras el alma mentía,
y al verse frente al imposible
emprendió vuelo y huía.
No era el frío del amado
ni el silencio de su vida:
era saber que ya tenía
dos amores y una herida.
Así, sin ruido ni huella,
sin adiós ni despedida,
abandonó lo que aceptó
y se perdió en la mentira.