𝓗ay cosas que no llegan de golpe;
se depositan.
una capa casi imperceptible sobre otra,
como sedimentos en un lecho
que nadie recuerda haber visto formarse.
al principio
todavía existe espacio entre ellas.
después, los pensamientos
empiezan a comprimirse
bajo su propio peso.
mi cabeza se vuelve un archivo sin índice:
fechas sin ordenar, expedientes abiertos,
preguntas que regresan
con la obstinación de una aguja imantada.
intento cerrar los cajones,
pero algo siempre queda afuera.
entonces aparece la presión,
no tiene forma precisa.
es una fuerza subterránea,
una maquinaria ciega
trabajando debajo de la corteza,
empujando lentamente contra todo
lo que encuentra a su alrededor.
y llega un momento
en que la superficie deja de ser suficiente.
una fisura, delgada y casi invisible
pero suficiente para demostrar
que debajo de la quietud
algo lleva demasiado tiempo moviéndose.
hay cosas que quisiera desplazar
con la violencia de quien intenta
cambiar de sitio una montaña.
pero algunas tienen raíces
más antiguas que mi voluntad.
y ahí nace la pregunta
que ninguna grieta consigue responder:
¿por qué ocurre aquello qué no puedo modificar?
la presión continúa, solo que ahora sé
que no todo movimiento
tiene que venir de afuera.
a veces basta con que una placa ceda
unos milímetros
para que el paisaje entero
deje de coincidir con el mapa.
después queda el territorio;
no intacto, tampoco destruido.
solo atravesado por una línea nueva
que antes no estaba.
la observo, no intento cerrarla.
tal vez todavía no sé
qué hacer con todo lo que la abrió.
pero al menos
ya conozco su nombre.
y eso, por ahora,
es una forma de no perderme