Ya no me reconocías en ese día,
mirabas mis ojos cual ciudad lejana,
un paisaje hermoso que se va mañana,
un leve soplo que la mente enfría.
A veces era la cara de tu hermana,
o tu madre que en silencio avanzaba,
o una presencia tibia que te alcanzaba
el agua fresca frente a la ventana.
Qué triste fue ver la luz que se amortigua,
cómo la mente el rumbo iba perdiendo,
y en el oscuro olvido que iba ardiendo
se borraba el lazo de la sangre antigua.
En días claros, cuando la luz abría,
con gran respeto y voz muy delicada,
decías: «Usted es muy educadita,
sus padres han de estar muy orgullosos».
Y me tragaba el llanto lentamente,
pues esos padres de tu frase austera
eras tú mismo en la vida entera,
el mismo amor que me besó la frente.
Cuidar tu sombra fue aprender la calma,
amar sin esperar que tú me sigas,
sostener tu mano en tus horas ciegas
y ser tu hija muy dentro del alma.
Pasaron cinco años de tu ausencia,
pero si el tiempo me dejó un segundo,
no importa, papá, en este ancho mundo:
yo soy la memoria de tu presencia.