Alfredo Ulises Ortiz Castellanos

¿Por qué está tan triste el cielo?

Era un día en que el cielo

lloraba a bocajarro.

 

Sus lamentos cubrían la tierra

y el agua corría por las calles

como si quisiera llevarse al pueblo.

 

—¿Por qué está tan triste el cielo?

 

Lo observaba desde una rendija.

 

Los árboles se inclinaban unos sobre otros,

sacudidos por el viento,

como si buscaran desprenderse de sus raíces

y huir hacia algún sitio

donde la tormenta no pudiera encontrarlos.

 

El viento también lloraba.

Se colaba entre las ramas,

golpeaba las ventanas

y hacía volar a las aves,

que buscaban, desesperadas,

un rincón donde esconderse.

 

—¿Por qué está tan triste el cielo?

 

El río había olvidado sus orillas.

 

Crecía con cada lágrima,

arrastrando ramas, recuerdos

y todo cuanto encontraba a su paso.

 

Y mientras el cielo seguía llorando,

algo de su tristeza

parecía filtrarse dentro de ella.

 

El azul de sus ojos

comenzó a derramarse sobre sus mejillas.

 

—¿Por qué está tan triste el cielo?

 

Quizá fue su inocencia.

 

Quizá simplemente no conocía

el miedo suficiente

para quedarse quieta.

 

Abrió la puerta.

 

La lluvia cayó sobre su cabello,

el viento tiró de su vestido

y el barro cubrió sus pequeños pies.

 

Pero ella siguió caminando.

 

Alzó la mirada hacia las nubes.

 

—¿Por qué estás tan triste, cielo?

 

Nadie respondió.

 

Entonces sonrió.

 

Y levantó una rosa hacia él.

 

A la mañana siguiente,

el cielo ya no lloraba.

 

Las últimas gotas descansaban

sobre las hojas de los árboles.

 

El río comenzaba a regresar a su cauce

y, entre el barro todavía fresco,

sobresalía una pequeña mano

sosteniendo una rosa.

 

No la había soltado en toda la noche.

 

Y allá arriba,

entre las últimas nubes de la tormenta,

el cielo volvía lentamente a ser azul.

 

Tal vez ya no estaba triste.

 

Tal vez, por primera vez,

tenía una amiga.